Emilia Blanco: La costurera que dio un buen paso

La lencería que diseña y produce Emilia Blanco -joven Arequera- se destaca por su calidad, cuidada elaboración y precio accesible.

La abuela de Emilia Blanco se llama Purificación; así que, naturalmente, le decían Pura. Pero el sello de la abuela en la marca de la nieta va mucho más allá del nombre. “Yo la veía coser con la máquina a pedal”, cuenta Blanco. “No me enseñó a coser, pero sí aprendí la minuciosidad, que hay que ser muy prolija, que la terminación tiene que ser impecable”.

La historia de Blanco tampoco es la típica de la chica que estudió diseño de indumentaria. El camino que la llevó desde su San Antonio de Areco natal a estudiar fonoaudiología en Buenos Aires hasta afincarse en Rosario, donde hoy tiene su taller de prendas de lencería y pijamas y un showroom, tiene escalas. Es que para ella se trató de seguir a su pareja, que es jugador de fútbol en primera.

Vivieron en Chile por el trabajo de él, pero ella no podía ejercer como fonoaudióloga porque allí no le reconocían el título. “A mí siempre me encantaron los collares y las pulseras, pero veía los precios en Internet y me daba bronca”, repasa. “Así que me fui al ‘Once’ de Santiago de Chile, que queda por la zona de Providencia y es un placer, porque está todo muy ordenado; me compraba los insumos y después fabricaba”. Pura fue, en sus comienzos, una marca de accesorios.

En 2014 recalaron en Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires; y ella se dio cuenta de que, en realidad, lo que más le había gustado toda su vida era la lencería. Entonces compró su primera máquina de coser, y también un curso online para aprender. “Me mandaban videos con el paso a paso. No se lo recomiendo a nadie que no tenga una mínima idea de costura, pero a mí me sirvió”, aclara Blanco. De este modo, Blanco ubica su inversión inicial en el rango de $3.000 a $4.000, entre la máquina y “un poco de mercadería”.

Como nunca dejó de volver a Areco con frecuencia para ver a su familia, aprovechaba sus estancias allí para venderles sus primeras prendas a sus amigas, y luego a las amigas de sus amigas, en el consabido boca a boca que signa este tipo de proyectos. “Hasta que un día apareció una chica que tenía un local en Neuquén y quería ofrecer ahí otra marca de ropa interior, así que me hizo una compra que para mí era grande en aquel momento”, sigue.

Era 2015, la pareja estaba instalada en Rosario y para aquel pedido en concreto, “me dio miedo tercerizar la confección, porque pensaba que nadie iba a comprometerse con la calidad igual que yo, así que compré la segunda máquina, con lo cual empecé tener mi taller”.

Un pijama gris con encaje beige ($640 a consumidora final) y una bata con un estampado de rosas sobre fondo oscuro ($860) implican, sumados, un importe por el que la compradora no podría adquirir ni siquiera un corpiño en las marcas top. “Yo prefiero que la gente pueda acceder a la marca, conocerla y recomendarla”, explica la emprendedora. Hoy Pura terceriza en talleres de Buenos Aires y en Bahía Blanca. Comercializa fundamentalmente en Internet; pero además del showroom en Rosario, tiene otro en Areco.

Los ingresos de Pura en 2016 fueron de $180.000. “Es que ése fue el primer año de la marca consolidada; recién habíamos abierto en Tienda Nube y en invierno no vendimos mucho”, indica Blanco. “Compensamos en verano, cuando lanzamos la línea de bikinis, y con los pedidos mayoristas que me hacen en locales”.

“Cuento con el respaldo de mi novio”, desliza la emprendedora. “Pero soy orgullosa: si él me financió, cuando cobro, se lo devuelvo”, concluye.

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Fuente: Clarín.com

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