“Escapadas. Pequeños pueblos con encanto que transportan al pasado”

La edición de este domingo del diario La Nación, abre una de sus secciones de la versión impresa con un repaso de algunas de las localidades cercanas a Buenos Aires que  abrirán el juego del turismo de cercanía.  Se relatan los atractivos de Carlos Keen, Uribelarrea, Tomás Jofré, Azcuénaga, San Pedro, Villa Ruiz, Tapalqué, Navarro, Pipinas, Roque Pérez y abre la nota San Antonio de Areco y Vagues.  Compartimos lo publicado sobre nuestra localidad y sus dos destinos. Lugares, que como aclara la autora de la nota Silvina Beccar Varela, son esos pueblos turísticos que nos resultan familiares pero con un tesoro oculto: “sus historias mínimas, esas que unen las vidas de los personajes de los caseríos de Buenos Aires, esos que, podrán visitarse a partir del 1° de diciembre”.

“A no más de 300 kilómetros de Buenos Aires, una selección de localidades rurales con historias para contar, sabores caseros, viejas estaciones de tren, pulperías y la calidez de su gente”

Por las mañanas, en los pueblos chicos de la pampa el primer olor, el aroma primigenio, es el pan recién horneado. Y las gotas de rocío sobre el pasto mojado. Al final de la tarde, en cambio, asoma la opacidad de las sombras misteriosas de los árboles y el sol que, fugaz, se escabulle entre sus hojas. Las calles se mueren en el campo de maizales, alambrados y soja. Se vuelven tierra y asfalto y se encienden de rojo, rosa y amarillo en el crepúsculo. En sus caminos apenas circulan algún que otro auto, sulky, carretones y motos. Y por las noches, los perros ladran a la luna y a los fantasmas, que como se dice, siempre están.

Como tirados a la buena de Dios en la llanura silenciosa, los llamados pueblos turísticos de la provincia de Buenos Aires son 31 y cuentan con menos de 2000 habitantes. Otros crecieron, pero igual merecen una visita. Elegimos algunos de estos rincones con atractivos únicos ligados a una comida, una bebida artesanal, una bella costanera sobre el río marrón o una historia digna de contarse para una escapada.

En estos pueblos los paisajes nos resultan familiares: en el cotilleo de las vecinas o en sus almacenes de campo, bares de mesas de parroquianos que juegan al truco con ojos chispeantes de alcohol. Los gallos cantan y las gallinas cloquean de madrugada, los caballos flacos relinchan y espantan las moscas con su cola. Y aún resiste la casa abandonada en la que por las tardes, cuando todos duermen las siestas de sol, se puede curiosear. Allí también, el saludo con la cabeza inclinada y al pasar es moneda corriente, unas setenta veces por día, aproximadamente el número de posibilidades que existe de cruzarse con las mismas personas en el mismo puñado de manzanas.

En el otoño ya avanzado las veredas prolijas y no tanto de estos parajes con aroma a leña lucen su tapizado de hojas desgreñadas color marrón, y en la primavera las flores y las santa ritas trepan rejas y murallas de las casas bajas. O las rosas rojas, blancas y amarillas en los jardines frontales.

Pero el tesoro oculto lo guardan sus historias mínimas, esas que unen las vidas de los personajes de los caseríos de Buenos Aires, esos que, podrán visitarse a partir del 1° de diciembre.

Fuente: Archivo – Crédito: Patricio Pidal / AFV

Otra vez la posibilidad de tener, al menos por un día, o un fin de semana, esa mínima sensación de sosiego y aventura que implica un viaje, por más breve y cercano que sea. Eso sí, si llueve, imposible deambular displicentemente sin rumbo ni tiempo en busca de ese pastelito, esa torta frita, la cerveza artesanal o ese salame quintero de abuelo inmigrante; todo se convierte en un gran charco de agua y barro.

Una vez, el escritor Ricardo Güiraldes, que se reconocía como “discípulo literario del gaucho”, preso de nostalgia luego de una larga permanencia en la capital francesa, escribió: “Ha sido en París donde comprendí una noche en que vi solito mi alma que uno deber ser un árbol de la tierra en que nació: espinillo arisco o tala pobre. (.)Me sentí huérfano, guacho y ajeno a mi voz, a mi sombra y a mi raza. Lié mis petates, y ¡hasta la vuelta!, le dije, che. Cuando me bajé del barco tomé un pingo y le entré, como cuando era cachorro, hasta el corazón de la pampa”.

San Antonio de Areco, donde la tradición es ley

En los pagos de San Antonio de Areco,  a 110 km de Buenos Aires por la RN 8, la tradición es ley y se percibe en su estilo de vida. Todavía se ven carruajes por las calles adoquinadas, las fachadas de las casonas lucen su estilo colonial, la platería tiene su circuito con orfebres de estirpe y se mantiene indeleble la marca que dejó Ricardo Güiraldes, autor de Don Segundo Sombra, que vivió y escribió en la estancia La Porteña, uno de los campos históricos del lugar. No por nada es uno de los pueblos más antiguos de la Argentina, fundado en 1730 y que fue posta en el Camino Real.

Una visita a Areco debe incluir el Museo Gauchesco Ricardo Güiraldes, 99 hectáreas que comprenden la antigua pulpería La Blanqueada, el Parque Criollo y la casa del museo y que esperan reabrir las puertas ni bien se autorice la circulación de turistas. También el Puente Viejo, la plaza principal, la costa ribereña con sus parrillas al aire libre, la parroquia San Antonio, el Centro Cultural y Museo Usina Vieja, el museo Las Lilas, donde se destacan obras de Florencio Molina Campos y alguno de los talleres de artesanos.

En Areco, las fachadas de las casonas lucen su estilo colonial

La oferta gastronómica es amplia, incluidas pulperías bellísimas y antiguas, claro, como Balthazar (ex Esquina de Merti), Lo de Có, El Batará, y la Pulpería lo de Tito.

En el llamado Circuito del Empedrado se mezclan bares citadinos con boliches del pueblo: de tiempos remotos subsisten lugares para tomar algo y visitar como el Boliche de Bessonart, con más de 150 años de historia y su famosa picada y empanadas fritas. Para llevarse de regreso, los alfajores de La Olla de Cobre.

Vagues cuenta la historia del ferrocarril

A 137 km de Buenos Aires y muy cerca de San Antonio de Areco, este pueblo es elegido por los arequeros para caminatas, bicicleteadas y cabalgatas, por su inquebrantable tranquilidad. En 1730 se afincaron en un paraje cercano a San Antonio de Areco varias familias, entre ellas la de José Bagues, pionero del pueblo.

Vagues, tranquilidad asegurada
Vagues, tranquilidad asegurada Fuente: Archivo

Uno de los principales atractivos es la antigua estación de Vagues construida en 1894 y reconvertida en un Centro de Interpretación Ferroviaria, que cuenta la historia del ferrocarril en la Argentina desde sus comienzos. Es un pueblo de cuatro cuadras y noventa habitantes donde los ruidos principales son el del canto del gallo, los relinchos de los caballos y la algarabía de los chicos.

El pueblo cuenta con una posta para comer picadas, parrilla y alojarse con todas las comodidades”.

 

Por: Silvina Beccar Varela

FUENTE:  lanacion.com / La nota completa en este link

 

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