Alfajores La Olla de Cobre, una fábrica de chocolate que se transformó en un símbolo de San Antonio de Areco

Como si fuera un niño concentrado mirando dibujitos animados. Así Carlos Gabba ve pasar alfajores sobre la cinta de producción. Los mira con la sorpresa de quien ve por primera vez el proceso de armado: primero las tapas, una manga que deposita un copo altísimo de dulce de leche espeso, luego una lluvia de chocolate. Carlos sigue el proceso con la mirada, como si recordara los inicios de su sueño: La Olla de Cobre, una fábrica familiar de alfajores y chocolates exquisitos.

– ¿Se sigue sorprendiendo?

– ¿Cómo que no? Si sólo hace 40 años que empezamos con esto.

Durante 16 años, Carlos distribuyó golosinas en los pueblos vecinos de San Antonio de Areco. Esa actividad lo relacionó con la industria de los chocolates y alfajores. Al fines de la década del setenta, Carlos y Teresa empezaron a notar que a San Antonio de Areco comenzaban a llegar turistas y que no tenían nada especial -salvo platería- para llevar de regalo.

“El pueblo era mucho más chico de lo que es ahora. Areco no tenía una buena llegada al río. Se podía llegar hasta el boulevard, que en ese momento era de tierra, pero la costanera estaba toda enrejada y con tapiales. La gente, para llegar hasta el río, tenía que cruzar por el puente viejo. Luego de mucho trabajo entre vecinos y comisiones de turismo, logramos recuperar ese espacio”, recuerda Carlos, quién participó activamente en las tareas.

Plantaron árboles, colocaron las pérgolas, bancos, cortaron el pasto, limpiaron la costanera, sacaron las rejas y así lograron que los vecinos de Areco y los turistas conocieran el río y lo usaran para ir a tomar mates. “Al principio venía mucho turismo social, jubilados a pasar tardes en el pueblo. Fue cuando decidimos con Teresa, mi esposa, que nuestro emprendimiento estuviera relacionado con el turismo. Hacer algo que se pudieran llevar de Areco. Enseguida pensamos en alfajores, porque el alfajor es un clásico del turismo. Vos vas a la costa o al sur y hay alfajores”, dice Carlos.

Carlos y Teresa comenzaron a vincularse con gente especialista en la fabricación de alfajores. Ellos, antes de arrancar, sabían que querían hacer el mejor alfajor que estuviera a su alcance, sin importar el precio: querían que fuera exquisito. Un producto de calidad. Para eso contrataron hombres y mujeres que ya estuvieran empapados en el oficio de la chocolatería. Estuvieron en todos los detalles para “diseñar” el alfajor de sus sueños. Lo primero que notaron fue que el chocolate que se usaba era de mala calidad. Entonces se metieron en el mundo del chocolate para lograr el mejor baño posible.

Antes de hacer el alfajor que hoy se vende hicieron cientos de pruebas hasta lograr el sabor exacto. “Al principio no teníamos la máquina para bañarlos, entonces le poníamos azúcar. Fuimos evolucionando hasta que logramos tener las máquinas y luego no tuvo muchas variantes. Las galletitas, el chocolate ecuatoriano y el dulce de leche siguen siendo el mismo de aquel entonces”, cuenta Carlos, quien se define con orgullo como chocolatero.

Cuando empezaron, sólo tenían una vidriera; de a poco comenzaron a crecer y rápido. La Olla de Cobre se convirtió en un atractivo y los colectivos con turistas frenaban en la puerta del negocio para llevarse una bolsa de alfajores. El negocio no paró de crecer y hoy La Olla de Cobre es un clásico en San Antonio de Areco. Incluso los arequeros que viven lejos, les piden siempre a sus familiares que les manden, además de la yerba, una caja de alfajores, como un ruego cargado de nostalgia: un regalo preciado para quienes viven a cientos de miles de kilómetros del local de la calle Matheu.

Cada quince días en La Olla de Cobre se fabrican alfajores. Ese día Carlos aprovecha para comerse uno. Aún los sigue disfrutando como aquella primera vez, hace cuarenta años. En el local aún conservan la olla de cobre donde hicieron las primeras pruebas. “Siempre trabajamos de cara a la gente y percibimos si les gusta o no. Sabemos que nuestros clientes viven a una hora y media, en Buenos Aires, y siempre vuelven a comprarnos”, dice.

Desde hace 8 años, Carlos comenzó a delegar el trabajo en su hijo Agustín: jura que es mejor chocolatero que él y que mejoró los procesos. Carolina, su hija, tiene un local de la Olla de Cobre en Merlo, San Luis. El mayor es abogado y también es un excelente chocolatero: cada vez que el trabajo los excede, lo llaman para que de una mano.

En La Olla de Cobre hay siempre olor a chocolate: un aroma exquisito que nos transporta a al mundo de la fantasía chocolatera. Sin embargo, Carlos lo tiene tan incorporado que ya no lo siente. Eso le genera molestia, porque no sabe cómo está el aroma, algo que considera fundamental. Cuando se va unos días y regresa a su local, aprovecha para respirar hondo la fragancia de su sueño.

Carlos mantiene la felicidad de trabajar. Y mantiene una filosofía de vida y de trabajo que no  negocia: “Me han ofrecido de todo. Me han hecho ofertas de todos los colores para crecer, para poner franquicias en cualquier parte del mundo. Pero yo soy feliz así: disfrutando de mi familia, de mis nietos. Levantándome temprano, yendo a caminar: a las diez abro el negocio y a las siete y media cierro. Este es un laburo para disfrutarlo. Por eso la pregunta es hasta dónde te metés presión para disfrurtarlo o padecerlo. Por eso lo disfruto. Nuestra filosofía es vivir y dejar vivir. Así vivo en paz”.

Fuente: Somos Arraigo

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